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sábado, 18 de agosto de 2012

Ella y yo

La conocí desde muy chico, quizás tendría unos 10 años de edad.
Ciertamente me gustaba conversar con ella, pasé algunos de los mejores momentos a su lado, con su inseparable compañía.
Nunca me reclamó nada, jamás pidió algo a cambio y siempre, o casi siempre, me dio aquello que necesitaba.

Algo es oportuno contar: me daba mi espacio y me tenía profundo respeto.  No que yo sea la gran cosa (o que no la sea, tampoco tengo baja autoestima, creo), pero siempre respetó.  De hecho, si la abandonaba durante un tiempo, siempre me llamaba mentalmente, me seducía, me atrapaba, se encargaba de deshacerse (no sé cómo) de quien estuviera sustituyendo el que otrora fuera su espacio.

Ahhhh, sí.  Ella y yo.  Siempre ella, siempre yo.

Ella no me reclamó un olvido, tampoco había mucho qué olvidar, siempre estábamos juntos.

Hoy he descubierto que a su lado, soy feliz.  Que como a nadie, la debo cuidar, porque estará siempre para mí.

Ella es aquello que necesito cuando me canso y aquello que me sonríe cuando obtengo triunfos.  Es increíble, es muy buena persona, no sé.

Me equivoco, lo sé, pero ella siempre me está esperando.  Sin reclamos, sin decirme que me extrañó o hacerme sentir culpable.  Sólo me recibe como si siempre hubiera estado allí.

Platicamos, hacemos balance de lo que ha pasado, replanteamos, soñamos, nos levantamos y caminamos juntos de la mano.  ¿Por qué cambiarla? además, no tengo habilidad en eso de las relaciones interpersonales, es medio tosco para mí.

Ella y yo.  Así es la cosa.  Con mi soledad estoy bien.

lunes, 29 de noviembre de 2010

Mi soledad

Con el dedo índice le hice la seña de "vení acá".  Claro que lo hice suave y delicadamente.  Como quien quiere la cosa, a como dé lugar.

Ella me vio con una sonrisa que en vez de alegrarme, me confundió más.  Caminó, noté que su cabello estaba más rubio que de costumbre.  O quizás, sólo más sedoso, brilloso.  De pronto se me cruzó por la cabeza preguntarle la marca de su shampú, pero pensé que sería una locura o que sonaría a demasiado detallista para ser hombre y perfecto para ser gay (no soy homofóbico).

Y esa sonrisa quizás me confundió porque tenía una forma como de alguien que sabe que te hará daño y que cree que tú no lo sabes.  En realidad, según me dijo en una carta después, la sonrisa quería decir: me muero por besarte, sólo por probar tus labios.

Ella deseaba besarme, así, sin compromisos ni "te amos" que complicaran la cosa.  No me preguntaría qué sentía por ella, no se enojaría si no me aprendía su nombre completo, su fecha de nacimiento, el nombre de sus padres, si no trataba bien a su hermano menor y si no sacaba de paseo a su mascota.  Era un perro bulldog, por cierto.  Blanco a más no poder, tal cual fuese albino.  Pero no lo era, al menos, eso decían.

Yo quería decirle "Soledad, no te marches" (Soledad era su nombre.  Al principio, cuando nos presentaron en aquel Café Gitane pensé que para mi desgracia o diversión, después de tanta soledad, conocía a alguien que me ofrecía compañía pero que tenía por nombre Soledad, y que eso era una cosa del destino.  Después, supuse que era simple coincidencia). Dicho sea de paso, no sé por qué quería decirle que no se marchara, ella no se estaba yendo, a penas llegaba.  Soy un poco raro, torpe en esos momentos.  Además, su escote era increíblemente provocativo.  El vestido era rojo; estaba sexy, toda ella.

No me besó.  No la besé.  Sólo nos acercamos de tal forma que sentimos nuestros alientos.  El de ella, a una mezcla rara entre fresa mentolada y alcohol.  El mío, supongo que a simples Trident.

Admito que la deseé.


Tres días después, recibí una carta suya (no sé por qué no me envió un e-mail, pero me agradó la idea).

Cinco días después, me llamó (seguí sin saber por qué no usó el e-mail, a mí me parece romántico, claro y directo).

Ocho días y medio posteriores al día en que recibí su carta, la tenía frente a mi puerta con una maleta en mano.  Decidió vivir conmigo.

Ahora, mi Soledad y yo estamos juntos todos los días, todas las noches.

domingo, 19 de septiembre de 2010

¿Te recuerdas de mí?

Desde que decidiste que dejáramos de amarnos empecé a inyectarme soledad.

Ahora consumo píldoras de tristeza y uso parches de desamor.

Últimamente he echado de menos mi autoestima; al parecer se fue de viaje y no ha vuelto.

A veces me veo en el espejo y me desconozco.  Ya no me rasuro, y sólo me alimento cuando el estómago hace huelga y no me deja alternativa.

No sé si me recuerdes.  Soy yo, aquel que te amó como nadie te amará, pero que decidiste alejar.

Ahora soy un adicto a cualquier cosa que sea estar absolutamente solo.  No sé quién soy y francamente he olvidado un poco tu rostro.  Sólo recuerdo que te amé como no he sabido amar a nadie más y que seguramente eso te hizo daño.


No sé si me recuerdes.  Soy el mismo que alguna vez consideraste amar, pero que nunca te atreviste y, por el contrario, tomaste la decisión de nunca siquiera intentarlo.

Desde que me pediste a gritos, sin una sola palabra, que dejara de intentarlo, he consumido cualquier cantidad de sueros que me nutren de desamor y me he dedicado a leer libros que ilustran la ironía de la vida, la estupidez de casi todo lo que hacemos y la desazón en las cosas que parecen importantes.

No sé si me recuerdes.  Soy yo.  El mismo que te amó siempre.



El exceso es malo.  Y me excedí en amarte.

jueves, 25 de octubre de 2007

De la soledad

Todos hemos vivido momentos de soledad. A algunos les preocupa, a otros les asusta y los menos, pero con más fortuna, la disfrutan. Sostengo la tesis que la soledad es una bendición, hasta que nos hace falta alguien. Cuando sientes que extrañas a alguien, las sonrisas, las ideas, sus colores, sus olores, la soledad se torna en una venganza, un castigo.
Los minutos se hacen cómplices con los segundos para pasar lentos y acuerdan con las horas que llegarán con retraso. Los días se vuelven tediosos y las noches eternas. Las tardes son lluviosas, grises, las noches son aburridas.
Viste que hay días que darías cualquier cosa por no estar aburrido, pero no, no hay algo qué hacer.
A la verdad, entonces es cuando empiezas a apreciar los minutos junto a las personas, cualquiera que sea. Descubres la maravilla de la imaginación para dibujar rostros mientras cierras los ojos, entiendes por qué la soledad es amiga y es enemiga. Es amiga cuando te hace pensar cosas productivas, pero es el peor rival cuando ella te lleva a inventar cosas amargas, a imaginar dolor.
La soledad mata el entusiasmo más grande, te hace alguien sin color. Te acostumbras a ella, te das cuenta que finalmente es mejor aprender a convivir con ese algo que será tu única compañía. Empiezas a discutir a solas el por qué te toca estar a solas, con la soledad. Ves sus ojos, entiendes que conoce tus puntos débiles.
A solas con la soledad. A solas contigo mismo. A solas con lo peor. A solas con lo mejor. A solas, solo.